Ecos
Las baldosas
hacen eco cuando paso en bicicleta por la plaza. A veces pienso que es mi
cabeza jugando conmigo, pero esos ecos son difíciles de ignorar, aun con la voz
de mi conciencia pidiendo a gritos que despierte. O a veces sólo ruega que no
me atropellen.
Esos ecos
laten, en cada baldosa, a cada pedaleada, como si mi corazón estuviera
conectado al camino que recorro. Sin embargo, es un camino común, bastante
corriente, lleno de agua sucia y hojas, y sin muchas sorpresas, aunque de vez
en cuando se escucha a lo lejos una frenada y un bocinazo.
Los ecos
marcan mi camino, mi destino, y me guían hasta la óptica, la próxima sesión con
mi psiquiatra, o hasta mi muerte, porque a veces en mi viaje me veo sorprendida
de las peores maneras, aunque hay que adaptarse, ¿no? La muerte está en todos
lados, en cada ruta, en cada bifurcación, en cada esquina. En cada baldosa, en
cada eco, en cada pensamiento. Y mi vida sólo se resume en esquivarla, al
frenar, al parar frente al semáforo, al anclar mis pies de nuevo en la tierra, forrada
de baldosas, y prever qué es lo que me puede esperar la próxima vez que agarre
una diagonal o doble una esquina.
Parar, seguir,
frenar, pensar, ahogar los gritos, morir.
Siempre
acompañada por los ecos, por los latidos sangrientos de cada baldosa, en un
camino que me niego a abandonar, aunque la cabeza me juegue en contra y nunca
deje de gritar. Pero la bici me sigue llevando, las ruedas siguen rodando, y yo
sigo esquivando, frenando y volviendo a pedalear, aunque sepa que la muerte
siempre está cerca, que siempre me acompaña a paso lento pero marcado, con el
mismo ritmo que los ecos, las baldosas y mi corazón.
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