Cada vez que vuelvo a tener esperanzas, el abandono ataca nuevamente. Pongo el corazón en la línea de fuego, después de titubear demasiado, y resulto lastimada. Otra vez el mismo cuento, el mismo baile, la misma desesperación de estar perdida entre el mar de gente. Todavía sigo siendo la misma estúpida que piensa que todo puede mejorar, que las cosas pueden brillar con más fuerza sólo porque nuevos elementos, nuevos peones son ubicados en el tablero de la vida. Me trato de corregir, de encaminar. Pero siempre vuelvo al mismo principio.
Aguantar ya es una idea sobrevalorada en mi psiquis, mis labios están cada vez más secos, mis manos más callosas, mi espíritu más  lastimado. Estos vaivenes sitúan mi corazón en la cuerda floja, tiran de mí, me vuelven loca, me voltean en el aire y me rompen la esperanza en mil pedazos. Cada vez estoy más cansada, cada vez me levanto con más pesadumbre, cada vez respirar se vuelve más difícil. Las lágrimas acuden a mi rostro tan fácil que asusta, el nudo en mi garganta pesa más que ayer. Estoy aterrada, desesperada, nublada.
Volver a ser yo ya no es una salida, a acorazarme, volver a los silencios y a las noches de vigilia. Volver a ser el fantasma de mis propias cavilaciones, a ser el eco de mis temores.
Volver a acobardarme y llenar este vacío de soledad, de dolorosa soledad.
Capaz que nadie se de cuenta, capaz que nadie me escuche, pero estoy pidiendo ayuda. Ayuda para salir, ayuda para quedarme, ayuda para aguantar, ayuda para seguir.

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