Caminar, parpadear, dar la vuelta a la esquina, sentir la mirada extraña perderse en mis pasos, en los alrededores. Seguía, sin voltear, sin volver, sin parar. Seguía y seguía, me perdía, me volvía a encontrar. La luz no lo tocaba, yacía en la sombras vacías de las calles platenses, atento a mi brusca respiración, a mis latidos frenéticos, a mis ganas de escapar. Pero él me seguía, silenciosamente, paciente, frío, calmo.Lo sentía clavado a la esencia misma de la persecución, como si le gustara, como si lo excitara estar tan cercano a su presa, sabiendo que ésta no puede escapar, que sin desearlo sea ella misma la que se conduzca al final del camino, al game over.
El trecho se cerraba, angosto, truncado, se terminaba en la pared erguida ante mí. Callada, burlona, contenta de haberme ¿qué? ¿QUÉ? ¿QUÉ?

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