Reencuentro


Allí estaba de vuelta, tendida en la cama, como si el tiempo nunca hubiera saltado en eso dolorosos lapsos que te hacen desear el olvido. Tendida allí, inerte como títere sin hilos, sintiendo el rasposo acolchado de ositos bajo mis dedos, caliente, maltrecho, áspero. Fui valiente y abrí los ojos.

La luz diurna inundaba la habitación, haciendo su perezoso paso desde la ventana a mi izquierda, mientras se mezclaba con el húmedo olor a lluvia y rayos de sol, quemando mi piel, mis pensamientos. Los dibujos de las paredes me sonreían burlonamente y la biblioteca llena de libros se alzaba magnífica sobre mi cabeza, a una distancia prudente de mi mano amistosa pero no imposible para encontrar una ruta de escape, una salvación. El olor a café me llegaba desde lo lejos, desde ese horizonte que delimitaba la puerta, blanca, llena de garabatos indescifrables para una mente cuerda.
Sobre la otra cama, sentada, estaba mi hermana. Su pelo rubio era bañado por la luz, lo prendía en llamas y lo volvía a apagar. Así todo, sucesivamente, hasta que el Sol se cansara de dar vueltas por la casa y se iría a esconder, liberado por fin de mi mirada. Reí sin disimulo y Lourdes me miró, correspondiéndose con una sonrisa. Como consecuencia del delirio del que era parte, medité seriamente sobre la posibilidad de que aquellos ojos, aquellas esferas incandescentes, pasaran a ser partes eternas de la pared, y poder sentir aquella mirada en mis sueños, en mis suspiros.
Un graznido entró a la habitación desde la ventana abierta y mi cuerpo se irguió en un inesperado movimiento, atenta a lo que llegaba a mis oídos. Sin saber qué hacía realmente, me acerqué lentamente a ese rectángulo que robaba mis mejores horas y susurros, y vislumbré el espectáculo que ésta me regalaba. La lluvia se había detenido, marcando su paso sólo en las gotas que se cristalizaban en las hojas, como pequeños diamantes, y el brillante Sol propio de febrero nos daba lo mejor de sí, el calor, la humedad, la promesa de algo mejor, de algo mojado. Aspiré con fuerza el caliente olor a tierra mojada que tanto me gustaba y cerré lo ojos, encerrada en mi propia tentación, en mi propio espectáculo de colores y aromas que tanto me hipnotizaba.
Sonriendo, me volví hacia Lourdes y, sin abrir los ojos, le pregunté:
-¿Qué te parece si te invito un helado y a darnos un chapuzón en esos malditos charcos? -
Ella no me contestó, sólo tomó mi mano y tiró de ésta para que me moviese. Y lo hice, por inercia capaz, pero lo hice, dejando atrás los recuerdos, el dolor, la pena y la felicidad que me envolvía por volver a ese lugar. Por volver a mi casa.

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