Favoritismos.

La sensación al despertarse no fue la usual. Se sentía algo agitada, con los ojos puestos en la nada, como buscando hacer más presente ese extraño sueño. Tan extraño que intercalaba sensaciones de placer y miedo.
Se convenció a sí misma de la imposibilidad de que aquel sueño, tan vívido y terrible, pudiera ser parte de la realidad. Sabía en su interior que no había sido real pero eso no apartaba su miedo sino que lo convertía en un monstruo cada vez más grande y temible. Trató de calmarse, de sincronizar los latidos de su frenético corazón con los largos y profundos suspiros que emitía su boca. Al hacerlo, sintió con alivio como la pesadumbre de su cuerpo se iba mientras que las lágrimas dejaban de surcar por su sudoroso rostro y sus manos de temblar. Luego, haciendo un gran acopio de valor, intentó rememorar el sueño que la agobiaba sin dejar de repetirse que éste no era real, que ella era ella y no alguien más. Adentrándose cada vez más profundo en su memoria recordó el placer, la agitación, el temor, el asombro. Recordó su cara, la sonrisa que había aparecido en el espejo, aquella expresión tan propia de ella pero en otra cara.
Era una pesadilla... porque ella no era él, la imagen que el reflejo le devolvía no era la suya, era alguien más,  alguien que no conocía, alguien terroríficamente parecido a ella. Pero eso no era posible porque sino ¿cómo él era capaz de comprenderla tan bien? Levantar la mano en el momento exacto en el que ella lo hizo, moverse de la misma manera, sonreír al mismo instante en el que una mueca de terror aparecía en el semblante de ella al percatarse de la sangre que goteaba de sus manos...
Sangre, sangre que ensuciaba sus manos, que caía en pequeñas gotas hasta el piso, dibujando siniestros charcos de un rojo brillante, titilante. Sangre que la cubría a ella, que lo cubría a él. Y el placer, aquel infinito placer que inundaba su ser, del tipo de placer que uno siente al haber hecho algo malo, algo prohibido. No sabía qué pero tenía conciencia de que llevarlo a cabo había producido en ella, en él, una gran satisfacción. Sin embargo, sintió como ese placer corría por su venas, como las quemaba, corrompiendo su sangre, enfermandola. Sintió asco de él, de ella, de aquel líquido escarlata que adornaba todo. Gritó de dolor, de asco. Él la imitó con perfecta sincronización, fundiendo el silencioso sonido que emitía su boca con el desaforado grito de ella. Después todo oscureció en una gran ola roja.

Había despertado agarrando las sábanas, sus nudillos estaban blancos, le dolían los dedos. Su corazón se agitaba, su respiración también. Todo en su mente giraba, su identidad, su ser. Ella no era él, no podía serlo, nunca lo había sido... ¿o sí?

Comentarios

Entradas populares de este blog

Allá