Vida.
Cuando estás sola. Cuando estás sola añoras las cosas de tu pasado con tanta fuerza que el recuerdo es la única salida que queda. Añoras esa última salida, esa última caminata nocturna sumida en tus pensamientos, el último abrazo, la última charla que tuviste con tus amigas, el último mate compartido, el último paseo, el último “mañana nos vemos”.
Cuando estás sola y lejos no sabes cómo pasar el tiempo, cómo sos capaz de levantarte por las mañanas, cómo sos capaz de no adentrarte en el llanto para nunca salir, cómo sos capaz de mantener las esperanzas, cómo sos capaz de confiar en ese tabú por tanto tiempo.
Cuando estás sola, lejos y sin poder volver, sentís que cada minuto es una eternidad enterrada en tu piel, que el tiempo es un invento de Dios para torturar a las personas, una máquina que devora las expectativas y alarga los desencuentros, un chiste de pésimo gusto que disfruta de romper ilusiones, que en el mejor momento te pega una patada en la cabeza y te susurra al oído con esa maliciosa voz… “¡Despertate!, esto no es un sueño, es la vida real tonta, una realidad dónde el dolor llega, las despedidas lastiman, donde los rencores duran y los amores nunca llegan a concretarse”.
Y me despierto, vuelvo al lugar de dónde quería salir. Todo se presenta de vuelta. El dolor, la tristeza, la soledad… y la esperanza, esa maldita esperanza, esa esperanza que se mete por debajo de la piel, navega impetuosamente por la sangre y llega al corazón. Nunca hubiera pensado que ese sentimiento podía ser peor que una enfermedad, que un espantoso virus. Llega, sin que vos quieras, y se instala, como si fuera bienvenida, como si fuera algo bueno. Y lo peor de todo, una vez instalada, después de haber infectado todo el cuerpo, toda la mente, nunca más se va a ir. “Lo último que se pierde es la esperanza”.
Respiras, comes, caminas, seguís estudiando, trabajando, haciendo la comida, durmiendo. Pero nada llena, nada llega, nadie te salva. Nada. Y así, todas las noches, te rompes la cabeza pensando qué hiciste mal, por qué te pasa eso, si lo mereces, si sos una mala persona. Gritas, lloras, le preguntas a Dios, al destino. Pero la respuesta nunca se te es confiada, como si fuera algo que no está al alcance de tus manos, que no pudieras comprender. Es como si preguntaras ¿Por qué? Y una voz te respondiera “No sé, aguantatelas”. Ja, como si fuera tan fácil. Aguantatelas. Me las vengo aguantando desde que tengo uso de la memoria, desde que soy capaz de reconocer el dolor, desde que sé lo que es destruir un corazón, lo que es no ser querido, lo que es ser pasado por arriba, lo que es sentirse como una basura, como alguien que no se merece nada, ni siquiera un “te quiero”. Me las vengo aguantando desde que soy un alma destruida. Pero no, “no te podemos dar una respuesta Angela. Aguanta… aguanta”.
Aguanto, por eso estoy acá. Si no hubiera aguantado todo este tiempo no estaría escribiendo esto, no estaría aguantando. Vivo, muy a mi pesar, pero vivo. Sonrío, rio, abrazo, amo, camino, corro, canto, bailo. Y lo voy a seguir haciendo. ¿Por qué? Por la divina o maléfica acción de mi gran tabú, la esperanza. Por la esperanza a que esto cambie algún día. Voy a aguantar.
“Aguanta Angela”.
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