Eugenia.
Los astros cuidaban de tu escencia,
el Sol se movia a tu par,
el mundo quedaba despierto
cada vez que tú decidías pasar.
Así pasó el silencio,
la efímera espera que nadie parecía alertar,
hasta que lo inevitablemente inesperado
tomó el lugar que debía ocupar.
La luna se asomaba en la vereda
dibujando delicados trazos de mar,
mientras que el viento se llevaba los vestigios
de un día que estaba por terminar.
El tiempo no era un problema,
la cuestión fue concordar
con ese momento perfecto
en el que te decidiste asomar.
Fue así como, tarde pero seguro,
seguí el camino y te pude encontrar
en los brazos de aquella hermosa mujer
a la que llamarás mamá.
Cuando todo seguía siendo un sueño,
cuando todo parecía irreal,
pude ver el lucero de tus ojos,
y caer en la cuenta de que todo lo que pasaba era verdad.
Ese instante infinito,
el que siempre voy a recordar,
fue la primera vez en mi vida
que derramé lágrimas de felicidad.
Allí estaban las dos,
reinas, eternas, reales,
dueñas triunfantes de un destino,
propietarias indiscutibles de la felicidad.
Formaron parte de la vida
a la cual recién me empezaba a acostumbrar
pero vos sos un suceso
que me va a costar asimilar.
Sin embargo, tus manitas intentan recolectar
aquellas ilusiones que de tus sueños quieren escapar
pero quedan enganchadas a tu sonrisa,
esa mueca más bella que el mar.
Así los días pasan,
mi corazón no se deja de enredar
en esa inmaculada mirada
y tu forma de suspirar.
Hace tan poco que formas parte del mundo,
sin embargo ya puedo afirmar,
que aunque recién te conozco,
ya te comencé a amar.
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